Los responsables de fijar las políticas económicas en China se han embarcado en una tarea intimidante: controlar la desbordante inversión excesiva que amenaza crear burbujas en sectores como la propiedad inmobiliaria y la manufactura, pero manteniendo el crecimiento cerca de su actual nivel de dos dígitos. Además, están tratando de lograr esta proeza desdeñando muchos de los instrumentos de política efectivos que tienen a su disposición.
En las últimas semanas, Pekín ha dado una serie de pasos para tratar de reequilibrar la economía. Estos incluyen un planeado incremento en los requisitos bancarios en materia de reservas; reducción en los reintegros de impuestos para las exportaciones; controles más estrictos para el desarrollo de la tierra y otras "medidas administrativas". Pero aunque hay señales de que estas acciones empiezan a tener cierto impacto, en su mayoría están lejos de ser óptimas.
Las medidas administrativas son instrumentos poco precisos que causan distorsiones. Además, es difícil hacerlas cumplir. Hasta 90% de las operaciones recientes de compraventa de tierra en las provincias son ilegales, porque los gobiernos locales desafían las directivas de Pekín para restringir la inversión inmobiliaria.
En cambio, depender más de las políticas fiscal y monetaria permitiría una gestión más precisa de la economía. La inversión excesiva fue alentada por el hecho de que el gobierno no demandara dividendos de las empresas estatales y por la liviana carga impositiva sobre las ganancias de las firmas privadas. Además de evitar la creación de capacidad excesiva, las reformas fiscales se traducirían en ingresos para financiar la muy necesaria inversión en educación y seguridad social que apuntalaría los esfuerzos de Pekín por modificar el mix de la demanda interna. Pero hasta ahora el gobierno ha rehuido la acción.
Su renuencia a usar herramientas de política monetaria es aún más notable. Aunque se espera próximamente un demorado incremento en las tasas de interés, es improbable que trepen lo suficiente como hacerlas volver a un nivel neutral. Como resultado, los estímulos que provee esta política se mantendrán excesivos. La cautela del banco central podría deberse, en parte, a la preocupación por el crecimiento. Pero no hay duda de que la principal razón es el temor a atraer aún más flujos de capital de corto plazo hacia China, que incrementarían la presión al alza sobre el yuan.
Sin embargo, la libertad para que su moneda se aprecie es precisamente lo que el país necesita para enfrentar los crecientes desequilibrios domésticos en su economía. Por supuesto, también hacen falta muchas otras cosas. Especialmente modernizar los primitivos sistemas financieros de China. Pero hasta que las autoridades comiencen a usar la política de tipo de cambio de manera más constructiva, como una herramienta para regular la actividad económica, su lucha seguirá siendo cuesta arriba.
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