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| Dólar cae (pero sigue apetito de inversores) |
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| Texto informativo:
07/12 - 09:30 Ambito Financiero |
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| | | El dólar cae y cae mucho -3,8% frente al euro en las dos últimas semanas, rivalizando en magnitud con un espasmo similar registrado en abril luego de la reunión del G-7-. La debilidad del dólar no se limita al euro; es generalizada. Tanto como el pesimismo alevoso que se instaló sobre sus prospectos -de golpe- ni bien el euro cruzó el Rubicón de 1,30.
Lo más interesante, empero, no es que el dólar retroceda de prisa sino que el apetito por los activos de los EE.UU. no se resienta.
Lejos de elevarse, las tasas de largo plazo se han hundido nítidamente por debajo de 4,50%, tres cuartos de punto menos que los máximos de junio.
La fortaleza de los bonos es comparable con sus niveles de febrero. La del dólar, por cierto, no: bastaba 1,19 dólar, entonces, para adquirir un euro; hoy no alcanza 1,33.
Entretanto, la Bolsa -luego de las turbulencias que la estremecieron de mayo a julio- se ha internado en terreno récord. El S&P 500 ha regresado a sus cotizaciones de 2000 -cuando todavía el euro no había recuperado la paridad frente al dólar- y el Dow Jones no ha trepidado en ir más allá, trazando nuevos máximos absolutos.
Freno
La principal amenaza de un dólar en franca retirada era su capacidad de crear zozobra en los mercados de capitales internacionales. Nada de ello ha ocurrido. Extrañamente, correr contra el dólar no ha supuesto correr contra bonos y acciones (o contra la inversión directa) en los EE.UU. No lo han hecho los extranjeros -a los que todo el mundo mirani los nacionales -que, si se lo propusieran, también bastarían-. Y ello ha frenado el problema en su raíz.
En la explicación más remanida, los bancos centrales son los responsables del éxito. En esa inteligencia, pues, el propósito de revisar la política de acumulación de reservas internacionales (expresado por infinidad de instituciones, desde Rusia hasta China) representa un peligro no desdeñable; tal vez, inminente. Diversificar la composición de la cartera -reduciendo la participación del dólar para incorporar otras divisas, metales o inclusive activos reales (como se ha sugerido en China)- significaría darle un tiro de gracia a la absorción de la moneda de los EE.UU.
Pero sucede que el atesoramiento de reservas es una demanda que se deriva de la selección de una determinada política cambiaria (de tipo de cambio fijo o de flotación sucia, que procura anclar el valor de la moneda local a cierto nivel -o rango- con respecto al dólar o a una canasta de divisas donde el dólar predomina).
En esta delicada ecuación, se conoce la intención de modificar la política de reservas pero se desconoce la voluntad de replantear la política cambiaria. La pulseada que mantienen EE.UU. y China trata precisamente de promover esa mudanza pero no ha conseguido concesiones significativas de Pekín.
En esos términos, la diversificación sólo puede hacerse -en gran escala- operando en forma anticíclica (no cuando el dólar declina, sino cuando sube).
Subsistencia
Aun si esta opinión mutara, subsistiría el problema del stock de reservas.
Mayoritariamente asignadas en dólares -por razones de política comercial y por limitaciones obvias del menú disponible-, promover una devaluación generaría una pérdida de capital gravosa para el patrimonio del banco central que la ensaye. Por supuesto que el mundo ha enfrentado -en el pasado- una coyuntura análoga y ello terminó en el abandono del arreglo monetario de Bretton Woods. Simplemente, no queda claro quién remedará al De Gaulle de los años 60. China no parece estar interesada (y sí lo está en la creación sostenida de empleo).
Pero a diferencia de Bretton Woods, no sólo ahora las principales divisas flotan con razonable libertad, sino que el rol de los bancos centrales y los gobiernos es mucho más reducido de lo que se manifiesta. Su financiamiento -siendo importante- es marginal. En los últimos doce meses hasta setiembre de 2006, los extranjeros adquirieron 1 billón 56 mil millones de dólares en activos financieros (netos) norteamericanos de largo plazo. Esto es más de un millón de millones. La cifra resulta casi 9% mayor que un año atrás y 15% más alta que en todo 2004. Comparada con el déficit de cuenta corriente es 25% superior.
Parte del león
Ahora bien, los flujos del sector privado constituyeron la parte del león: 85% del total (10 puntos más que en 2004).
Las compras oficiales de bonos del Tesoro, que sumaron más de 200 mil millones de dólares un par de años atrás, se han recortado a no más de 54 mil millones (un tercio de las adquisiciones que realizaron los inversores privados del extranjero por su propia voluntad).
Como las razones para diversificar un portafolio de inversión no son sustancialmente distintas para unos y otros, pero los inversores privados no cargan con la mochila de sostener un objetivo cambiario, queda claro, pues, que son ellos quienes poseen la llave de la potencial inestabilidad.
Es la radiografía del inversor privado y no la del banquero central la que resultará decisiva. Por fortuna, hasta el momento su demanda de activos no arroja signos de saturación. Otra historia se escribiría si exigiera un alza sostenida de los rendimientos requeridos a bonos y acciones (con su correspondiente declive de precios) para continuar proveyendo el financiamiento que los EE.UU. necesitan. |
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