Pese al fuerte crecimiento de los últimos años, la inversión sigue siendo un punto flojo del modelo post-convertible. Si bien el nivel de la Inversión Bruta Interna Fija (IBIF) superaría este año en 14% el pico previo a la crisis –recuperación que entre los países que pasaron por situaciones similares sólo superó México– su composición sigue estando muy sesgada a la construcción, en detrimento del equipo durable de producción. Por caso, mientras en 2005 la inversión en construcción, equivalente a 11,6% del PIB, fue "sólo" dos puntos inferior a la registrada en Chile, en maquinaria la diferencia fue sideral: en relación al PIB, el país trasandino invirtió casi el doble que la Argentina (ver infografía).
Además, señala una exhaustiva comparación de la Fundación Crear sobre la formación de capital aquí y en países como Brasil, México o Chile, el gasto en Investigación y Desarrollo (I&D) sigue siendo muy bajo en términos absolutos (en 2005 fue de 0,46% del PIB) y en relación al de nuestros vecinos. En Brasil, el ratio es 0,95% y en Chile 0,60%. Peor aún, nota el estudio, mientras que en Brasil el sector público aporta 30% de la I&D, en la Argentina es responsable directo del 45% de las erogaciones, lo que indica un muy fuerte déficit de inversión privada en una actividad clave para la incorporación de tecnología y el aumento de la productividad general de la economía.
Otro punto relativamente débil del proceso inversor es el todavía insuficiente aporte de la inversión extranjera directa (IED). En base a datos de Cepal, el informe precisa que en la Argentina la IED equivalió a 3,5% del PIB a precios corrientes, contra 6,3% en Chile. El aporte de la IED a la inversión argentina fue proporcionalmente más alto que en Brasil y México, pero éstas son economías de mayor porte y que, en valor absoluto, atraen inversiones más cuantiosas y de mayor escala.
Igualmente, el ranking implícico en la comparación evidencia el atractivo que una buena tasa de crecimiento ejerce sobre la inversión extranjera. La Argentina y Chile vienen creciendo bastante más que Brasil y México, a lo que en el caso chileno se agrega el consenso sobre la sostenibilidad del proceso.
El aporte de la IED es particularmente importante, dadas las limitaciones para aumentar la inversión total por sobre los niveles actuales sólo en base a fuentes locales. En 2005, la Argentina alcanzó una tasa de ahorro doméstico de 24,2% del PIB, alta en términos históricos e incluso superior a la de Chile, dónde fue de 23,6%. Pero, a diferencia del país trasandino, la Argentina debe dedicar –por unos cuantos años– cerca de 3% del PIB (esto es, más de 12% del ahorro) a pagar deuda. Aumentar el ahorro no parece una opción en un modelo tan apoyado en la expansión del consumo interno. Además, eso debilitaría la capacidad del país de atraer IED. Y un nuevo default no parece una opción atractiva.
Todo lo anterior no resta mérito a la recuperación de la inversión ya lograda, tanto por la velocidad como por el hecho de que se logró con escaso financimiento. Además, como había constatado un estudio previo de Crear, mientras en el período 1998-2001 el 57% de la inversión se daba en sectores transables (aquellos más expuestos al comercio internacional y de mayor efecto sobre la competitividad de la economía), en el período 2002-2006 la proporción pasó al 68% y la importación de bienes de capital, medida en dólares, igualará este año el nivel alcanzado en el mejor momento de la convertibilidad.
|