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28/12 - 19:33 Diario La Nación |
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Apuntes al final de la semana – 26/12/03
Por Roberto H. Cachanosky - Para LA NACION
La mayoría de los adversarios de la demonizada década del 90 concentra sus críticas económicas en dos grandes temas. El primero es la convertibilidad y el segundo es el endeudamiento. Para los críticos de ese período parecería ser que tanto la convertibilidad como el endeudamiento surgieron por arte de magia y sin ninguna explicación lógica. El problema de encarar así estos temas es que se desvía el foco de las causas profundas de la crisis, corriéndose el riesgo de creer que devaluando y no pagando la deuda se arreglan todos los problemas sin necesidad de hacer nada más.
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La ley de convertibilidad tiene una explicación de su origen y el endeudamiento también.
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Sobre la primera hay que recordar que, cuando fue aplicada, el país venía de salto hiperinflacionario en salto hiperinflacionario y que la dolarización de hecho en que estaba sumergida la economía no fue obra del Gobierno, sino que fue la gente la que rechazaba la moneda local como reserva de valor y hasta como medio de intercambio dada la historia de constante indisciplina monetaria.
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El mensaje que se intentó dar entonces era que se establecía una regla por la cual el Banco Central dejaba de emitir para financiar al Tesoro en sus constantes déficit fiscales.
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¿Contra qué?
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Y aquí viene un punto central. ¿Se está en contra de la ley de convertibilidad porque le impedía al Banco Central emitir para financiar al Tesoro? ¿Se está en contra porque establecía un tipo de cambio fijo? ¿O por el nivel de paridad en que se entró en la convertibilidad? ¿O se está en contra por una combinación de las razones anteriores?
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Si es porque establecía un tipo de cambio fijo, entonces hoy debería criticarse la actual política cambiaria, dado que la presentación de Lavagna en Dubai muestra una paridad de $ 2,85 nominales para los próximos 4 años, a lo que habría que agregarle el control de cambios hoy vigente que distorsiona la paridad cambiaria al aumentar artificialmente la oferta de divisas, de la misma forma que el endeudamiento público externo de los 90 generó una oferta artificial de dólares.
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Sí estoy de acuerdo con muchos de los críticos de la convertibilidad sobre el nivel de paridad en que se entró en abril de 1991, dado que a lo largo de 1990 se produjo un fuerte retraso cambiario por la política llevada a cabo por el Banco Central, que no fue corregido antes de ingresar en la convertibilidad.
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Pero el tema por tener en cuenta es que, con convertibilidad o sin ella, la disciplina monetaria es una de las condiciones necesarias, pero no suficientes, para lograr el crecimiento. En consecuencia, si se quiere establecer una política económica superadora de los 90, el debate debería centrarse en cómo lograr la disciplina monetaria, en vez de enredarse en la discusión sobre la política cambiaria.
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El segundo problema es el del endeudamiento. ¿Se endeudó el Estado para sostener la convertibilidad o el endeudamiento fue consecuencia del aumento del gasto público, lo que llevó al déficit fiscal? La respuesta es que el aumento del gasto público generó un déficit fiscal que condujo al endeudamiento. De no haber subido el gasto, no hubiera sido necesario incrementar deuda para financiar el déficit.
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La deuda pública externa fue fruto de la indisciplina fiscal de aquellos años, deuda convalidada año tras año por el Congreso de la Nación. Si se acepta este punto, se llega a la conclusión de que cualquiera hubiese sido la política cambiaria, el problema por resolver consistía en que el Estado no gastara más de lo que recaudaba. La deuda externa no fue la causa de la crisis de fines de 2001 y principios de 2002; en todo caso, la deuda externa fue resultado del problema fiscal.
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Destrozar al anterior
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En consecuencia, insistir con la crisis de la deuda aleja el foco del problema, que es que cualquier ser racional no debe gastar más de lo que le ingresa. Hoy podemos decidir no pagar un centavo de la deuda pública; sin embargo, si no existe disciplina fiscal, la crisis de la deuda será reemplazada en el futuro por la crisis inflacionaria, la crisis del endeudamiento interno o la crisis de los impuestazos.
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Lo que nos falta a los argentinos, además de disciplina monetaria y fiscal, son políticas de largo plazo eficientes que sean respetadas por cualquier partido político al que le toque gobernar. Es imposible construir una país demoliendo permanentemente todo lo que hizo el anterior.
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Tony Blair no demolió lo que hizo Margaret Thatcher. En todo caso, Blair demolió los viejos dogmas del laborismo para construir sobre lo ya hecho por Thatcher. En Chile no demolieron todo lo hecho por Pinochet y Bill Clinton no tiró abajo todo lo que hicieron Reagan y Bush.
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Los presidentes que se sucedieron en la generación del 80 lograron construir un país de la nada gracias a que cada uno construía sobre lo hecho por su antecesor. Es hora de que los argentinos pasemos de la demolición a la construcción. |
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