
Por MATÍAS BONELLI - "Propóngame un buen negocio". Al menos una vez por semana, Gabriel Mayo y Daniel Mintzer, socios de la desarrolladora inmobiliaria G&D, escuchan casi exactamente el mismo latiguillo. Pero la frase ya no suena sólo con acento español, como era habitual. Ahora también se repite en catalán, inglés, alemán e italiano.
En un primer momento fueron los españoles quienes comenzaron a pisar en el mercado inmobiliario local. Entre ellos sobresalen Salvago, que levantará un complejo comercial y de viviendas en Mendoza; y Rigel, que construye la torre de viviendas Style, en Belgrano.
Y los grupos de otros países se están sumando: el australiano Macquarie Bank, junto a su compatriota Delmo ya tiene un emprendimiento en Barracas, y ahora busca entrar al mercado de alquiler de oficinas. Lo mismo intenta la estadounidense Touchstone, que con la argentina Caspian desembolsará u$s 60 millones. Además, el griego Grupo Libra, invertirá u$s 70 millones para traer al país la cadena hotelera St. Regis.
A estos se suman inversores de Alemania, Italia, Australia, Gran Bretaña, Estados Unidos y Canadá, por citar a algunos. La situación cambiaria los favorece y los márgenes de rentabilidad son tentadores, por lo que visitan a las principales desarrolladoras argentinas, como Creaurban, Grupo Farallón, Grupo Chateau o Fernández Prieto.
"Están viniendo de todos lados. Nosotros ya recibimos gente de Irlanda, Alemania e Inglaterra; es algo de todos los días. Y no siempre se trata de grandes grupos. En muchos casos, son inversores privados que ven un buen negocio", explica Mayo.
Sin embargo, los desarrolladores no se dejan tentar. A menos que sean monstruos del mercado a nivel mundial, los empresarios aceptan la reunión, escuchan y ofrecen propuestas, pero luego se encargan de averiguar más en profundidad quién es su potencial aliado.
¿Qué buscan estos inversores? En primer lugar, un socio en el país. Es decir, no se trata de interesados en comprar una cantidad determinada de departamentos de una torre de viviendas para luego revender o alquilar, sino que quieren formar parte de un emprendimiento en marcha.
Los montos de inversión de los que hablan, afirman los empresarios, son importantes: a nivel global, no bajan de los u$s 300 millones por grupo.
Lejos de lo que se podría sospechar, a estos inversores no les es del todo simple ingresar al mercado argentino. "Donde primero ponen los ojos es en Puerto Madero, aunque no es fácil que entren a estos desarrollos", cuenta Alberto Fernández Prieto, titular de la desarrolladora que lleva su apellido, que al momento de hablar con El Cronista finalizaba un encuentro con potenciales inversores de Dallas, Estados Unidos.
Esto se debe a que se trata, en primer lugar, de una zona donde los proyectos, si no están terminados, ya están en una etapa bastante avanzada e incluso vendidos, por lo cual el aporte de fondos no resulta tentador para los locales. Además, y tal vez allí estaría la clave, se trata de una región única en Capital, y que ofrece buenos márgenes de rentabilidad, por lo que no quieren abrir el juego.
La alternativa son las viviendas para clase media, una variante no explotada por las compañías locales. "Y los tienta bastante; les gusta el negocio de la primera o segunda vivienda para ese público", dice Mayo, aunque admite la falta de crédito hipotecario.
Diego Mazer, director de la desarrolladora Grupo Chateau, es otro de los que recibe extranjeros en sus oficinas. Si bien considera que por el momento las entradas estruendosas no ocurrieron, tampoco lo descarta. "Saben muy bien que el nivel de explotación del mercado es de no más del 30%, por lo que ven que el posible negocio que pueden realizar aquí es importante", sintetiza.