Como si fuera una burla post–electoral, el Indec de Moreno se dio el lujo de difundir el IPC más sincero, o menos dibujado, de los últimos tiempos. Para el organismo, la inflación de noviembre llegó a 0,9% para Capital Federal y Gran Buenos, porque los aumentos en taxis y otros servicios fueron imposibles de disimular. En cambio, el rubro que siguió subestimado fue Alimentos y bebidas, donde el organismo arrojó 0,1%, inclusive con el 0,3% negativo en “Alimentos para consumir en el hogar”. Ese mismo mes, de acuerdo a un relevamiento sobre 8.000 productos al que accedió El Cronista, el precio de los alimentos trepó 1,7%.
Esta brecha, que se viene repitiendo desde enero, cuando Beatriz Paglieri intervino el IPC, ya arroja diferencias irreconciliables entre los precios oficiales y reales de diversos productos. En algunos de ellos, la diferencia puede llegar casi al 235%, como el kilo de zapallo que mide el Indec ($ 1,79) y el que que pagan los consumidores ($ 6). También la papa muestra una brecha superior al 200%: su precio es de $ 0,98 o $ 2,99 según quien lo mida. El kilo de salame, en tanto, se paga imaginariamente $ 19,37 o $ 34,45 en supermercados y comercios minoristas, una diferencia del 78%.
El problema, como en todo dibujo estadístico, es el efecto–dominó. La subestimación del valor de los alimentos –que estuvieron entre los bienes más inflacionarios durante el 2007– reduce el crecimiento del IPC; y también impide una medición realista de los niveles de pobreza. De acuerdo al Indec, durante la primera mitad de 2007 el 23,4% de los argentinos fueron pobres, bastante menos que el 27% del segundo semestre de 2006. Esta mejoría puede ser imaginaria y no real, porque según la misma fuente en junio se necesitaron más de $ 923 para no ser pobre en Capital Federal y Gran Buenos Aires, pero si los precios de alimentos estuvieran correctamente relevados, la Canasta Básica Total (CBA) se ubicaría por encima de los $ 1.000. Mientras que la Canasta Básica Alimentaria (CBA), que determina la línea de indigencia, estuvo cerca de los $ 430 oficialmente, aunque más de $ 500 según estimaciones privadas.
La subestimación de los precios en alimentos termina produciendo un similar efecto subvaluador en los niveles de pobreza e indigencia. Distintos economistas ya hablan de unos cinco puntos más para el primero de estos fenómenos, que abarca al segundo. “La pobreza se ubica en 28% a 29%, y no en algo más de 23%, como dice el Gobierno”, arriesga un economista bajo la reserva de su nombre. De esta manera, el nivel de pobreza sería parecido al de los ’90, y no levemente menor. |