Observadores políticos, periodistas y buena parte de la sociedad se preguntan estas horas por qué Cristina Kirchner no aprovechó su regreso de El Calafate para pacificar la crisis con el campo, llamar al diálogo y evitar el cimbronazo político que ahora el Gobierno deberá administrar después del retorno de las cacerolas, la mayor furia que se generó en el interior, el serio y creciente problema con gobernadores e intendentes aliados a los que la crisis se les viene encima en sus distritos, además del mal humor en aumento de la clase media en el campo y en la ciudad con las autoridades.
Ayudó poco la inútil performance mediática que ayer desplegó el ministro de Economía, Martín Lousteau, que se paseó por radios y canales repitiendo como un loro los débiles argumentos contra el campo que, a la vista de lo que ocurrió después del mensaje de la Presidenta el martes, deberían ya archivarse en la carpeta de estrategias, cuanto menos, desafortunadas.
Una respuesta más interesante logró obtener el periodismo en la cima del poder, cerca de las oficinas del ex presidente Kirchner en Puerto Madero. Un íntimo del jefe de Estado con mandato cumplido acercó algunos argumentos atendibles, no sin antes observar con ironía la metáfora que este diario utilizó ayer para informar sobre los incidentes que protagonizó Luis D’Elía, cuando titulamos en tapa que “Plaza de Mayo se pareció a Caracas”.
Puerto Madero
“¿Vos alguna vez estuviste en Caracas? Cómo ponen que Plaza de Mayo se parecía a Venezuela. Mirá que nosotros conocemos bien Caracas y no tiene nada que ver”, comentaba respetuosamente. Era el momento ideal para preguntar por qué Cristina dobló la apuesta y no se colocó por encima del conflicto. “Estábamos preparados para eso. Cristina estaba dispuesta a pedir a la gente que libere las rutas y convocar a las entidades al diálogo. Pero cómo querés que salgamos a pedir una tregua, si tres horas antes los del campo nos anunciaron un paro por tiempo indeterminado y hace doce días que nos tienen las rutas cortadas. Muy distinto hubiera sido todo si ellos, en la conferencia de prensa, hubieran dicho que antes de seguir la huelga esperarían el mensaje de la Presidenta. Pero nos quieren seguir corriendo y eso no se puede permitir”. Toda una respuesta, claro que con el diario del lunes es más fácil acertar las carreras del domingo. A la luz de lo que ocurrió en el país el martes por la noche, la reacción del Gobierno no resultó la más eficaz.
Pero hay un punto interesante en el análisis de la crisis, vista desde Puerto Madero. Tal vez es cierto que se apuraron las cuatro entidades en anunciar el paro por tiempo indeterminado antes del mensaje de Cristina. Posiblemente porque los dirigentes están desbordados por la protesta popular del interior e intentaron reposicionarse al frente de los reclamos, y seguramente porque también el estilo Kirchner en la Argentina ha derramado tanto al sector privado que todo el país está más crispado que lo aconsejable. Hasta los tradicionales y conservadores hombres de campo hacen ahora piquetes y cortan rutas, sin ir más lejos.
El dólar alto para el Gobierno
Otro capítulo interesante para comentar, y un diario especializado como El Cronista tiene la obligación de hacerlo, tiene que ver con varias definiciones económicas que la jefa de Estado desplegó el martes en su mensaje contra el campo. Dijo muy bien Cristina que todos los argentinos sufrimos la devaluación y los salarios bajos para sostener el dólar alto, y gracias a ello se beneficia el campo con sus exportaciones. Es una verdad a medias. En realidad, el país y sobre todo los más humildes pagan directa o indirectamente el dólar a $ 3,18 para que el Estado (y no el campo) se pueda llevar 90 centavos por retenciones. Es el Gobierno el que se beneficia por el dólar alto.
También apuntó muy certero la Presidenta respecto de los esfuerzos y las penurias a las que se somete a la población para subsidiar el gasoil. Pero a la vez aquí es relativo el beneficio para el campo. Primero porque hoy, en los meses de siembra y cosecha, el gasoil en el campo vale cerca de $ 3 o más y no $ 1,80, el precio sugerido por la Secretaría de Comercio. Aun así, es muy cierto que todos los argentinos, otra vez los más humildes, aportan para subsidiar este combustible, especialmente para favorecer a otros sectores que nada tienen que ver con el campo. Por ejemplo, se le regala el gasoil a quienes circulan por la ciudad o van y vienen de los countries con automóviles gasoleros, muchos presumibles “oligarcas” por utilizar la definición oficial. Por no hablar del escándalo que ya investiga la Justicia federal con la bicicleta gasolera que hace años se ha montado en varias provincias, Santiago del Estero sobre todo, donde el transporte de pasajeros recibe hectolitros de gasoil a $ 0,65, y por debajo de la mesa organizaciones ilegales lo venden a los productores arriba de $ 3. No es la única injusticia que ha promovido la administración Kirchner desde 2003 con su política energética. Hace por lo menos cinco años que las propias empleadas domésticas de muchos ganaderos y terratenientes que viven en los barrios más elegantes de Buenos Aires pagan en sus viviendas el gas cuatro o cinco veces el precio que pagan sus patrones, sencillamente porque la gente humilde consume garrafas con precio libre, y los ricos disfrutan del gas natural pesificado 1 a 1. No es casual que en estos años ha explotado la venta de equipos a gas para climatizar piscinas, un placer casi gratis que los Kirchner permiten a las clases pudientes, y todo a costa del Presupuesto Nacional. Desagradecidos los ricos, que igual salen con las cacerolas a repudiar al Gobierno.
El cuento del dólar alto también es apasionante para el análisis económico del momento y las perspectivas para el futuro. Conviene recordar que hace seis años, en marzo de 2002, el dólar cotizaba a $ 3,17, el mismo valor que a la fecha. Efectivamente en aquellos tiempos el tipo de cambio resultaba recontra alto, diría el siempre recordado Guido Di Tella. Y sin duda esa superdevaluación compensada de Eduardo Duhalde ayudó muchísimo al campo, a los exportadores y a los endeudados. Nuevamente, quien más se benefició con la devaluación fue el Estado, y precisamente los países y la Argentina en particular siempre terminan ajustando sus déficits devaluando su moneda. El problema para Cristina, seis años después, es que no tiene la misma suerte que su esposo con el tipo de cambio. Néstor aprovechó como nadie la maxidevaluación de Duhalde, y al menos durante dos tercios de su mandato disfrutó de las mieles del dólar alto para financiar el Presupuesto. Hasta que llegó la inflación, los miles de millones que hay que asignar para subsidios cruzados en una economía que se mueve con precios irreales, los aumentos de salarios y los dineros que hay que destinar para tranquilizar gobernadores, intendentes y piqueteros. Pero doblemente afortunado, Néstor ni siquiera tuvo que seguir devaluando para aumentar los ingresos por retenciones, porque los precios de los granos y el petróleo volaron como nunca en la historia. A medida que la inflación y los aumentos de costos iban limando la altura del tipo de cambio, la industria y el campo igual siguieron siendo muy competitivos. Pero no por el dólar alto, sino por los precios históricos de las exportaciones.
Hoy el país empieza a parecerse a la misma Argentina de siempre. Un país en que el aumento del gasto público crece en forma exponencial, y los gobiernos deben arreglarse como pueden para financiar el Presupuesto. Le pasó hace algunos años a un aliado circunstancial de los Kirchner en los 90, un tal Carlos Menem. Algunos años después de lanzada la convertibilidad, el riojano ya no podía devaluar por ley (ahora tampoco se puede por la inflación, al punto que ayer Martín Redrado tuvo que vender divisas para que el billete no pasara de 3,20 en las casas de cambio), de modo que tenía que encontrar otra forma de financiar el creciente déficit. En esos años era políticamente correcto privatizar, y así se vendió YPF y otras para pagar las cuentas. Como no alcanzaba, se ingresó en una espiral de endeudamiento público y suba de impuestos que terminó con el estallido del default en 2002. Es importante recordar que Menem llegó con el IVA en 11%, y lo dejó en 21%.
El déficit cero no alcanza
Hoy, igual que en la segunda parte de los 90, tampoco se puede devaluar, menos privatizar, y los mercados de crédito están más cerrados que nunca. Antes del default alcanzaba con déficit cero para calmar a los mercados. Hoy se necesita un brutal superávit, como mínimo de 4% del PIB. De modo que lo único que le queda a Cristina es seguir aumentando los impuestos, y así se entiende la necesidad de retenciones móviles a la soja y al petróleo.
Una ilusión sería suponer que la solución real pasa por cambiar el modelo económico y político. Abrir el país a las inversiones, ir sincerando los precios, alentar cada vez más la oferta de bienes y servicios y no solo la demanda. Modernizarse, en suma. Lo mismo que hace Brasil, Uruguay, Chile, Perú, hasta Paraguay, por no hablar de Europa y Estados Unidos.
Ayuda para adivinar el futuro que Cristina ayer, con gran honestidad y muy sincera, remarcó ideas básicas de su concepción económica. Habló de las retenciones como una fórmula para redistribuir el ingreso. Quitarle a los que más tienen, para darles a los que necesitan. Fue más explícito aún Luis D’Elía, cuando todavía agitado por las trompadas que repartió y recibió en Plaza de Mayo habló a la prensa de las enseñanzas de don Arturo Jauretche: “Hay que sacarles a los que más tienen para darle a los que más necesitan”, dijo el guardián de la Plaza.
El mundo, en el siglo XXI, por suerte ha evolucionado bastante desde aquellas viejas ideas nacionalistas de principio del siglo pasado. Hoy los países crecen y se desarrollan gracias a las inversiones, a la educación y a la libertad de comercio. Así mejoran los salarios y la gente logra superar sus estándares de vida. No parece el camino de Jauretche el más moderno a recorrer a esta altura de la vida, ni supone escenarios muy optimistas para llegar al esperado cambio en la gestión que tanto se prometió para el país durante la campaña electoral. Guillermo Kohan, Director de El Cronista |