Por Greg Ip
WASHINGTON — Tanto Alan Greenspan como Robert Rubin —sumos sacerdotes de la política económica para republicanos y demócratas, respectivamente— ganaron su reputación sabiendo reaccionar a burbujas, cracks y crisis.
A pesar de la diferencia en sus ideologías, ambos adoptaron la misma estrategia ante estas dificultades. Hay lecciones importantes en sus planteamientos políticos para aquél que ocupe la Casa Blanca en los próximos cuatro años, ya sea sobre cómo evaluar los recortes impositivos o sobre cómo abordar la próxima crisis financiera.
El mes pasado, durante un discurso en San Diego, Greenspan sintetizó la política de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) bajo su presidencia como una "gestión de riesgo". Esto, dijo, implica "entender las muchas fuentes de riesgo e incertidumbre, cuantificar dichos riesgos cuando sea posible y evaluar los costos relacionados con cada uno".
Así, la Fed recortó las tasas de interés a raíz del crack bursátil de 1987, la crisis de los mercados de deuda de 1998 y, en los últimos años, porque Greenspan opinaba que era más importante evitar los improbables pero catastróficos riesgos de enfriamiento financiero o deflación, incluso si esa decisión suponía el riesgo menos grave de impulsar la inflación.
En su biografía, publicada recientemente en Estados Unidos, Rubin describe la utilización de una política similar, la "toma de decisiones probabilística", como secretario del Tesoro del presidente Bill Clinton desde 1995 a 1999. Al enfrentarse a un problema, él "juzgaría las posibilidades de los distintos desenlaces y las posibles pérdidas o ganancias relacionadas con cada uno", escribió. Los rescates de México, Tailandia, Corea del Sur, Rusia y Brasil tenían muchos riesgos, escribe, pero el haberse quedado de brazos cruzados hubiera tenido consecuencias más nefastas.
"Creo que la mayoría de la gente hasta cierto punto opera probabilísticamente, aunque no piense en ello de esa manera", dijo Rubin en una entrevista. "Sin embargo, es raro encontrar a alguien que lo haya interiorizado y lo haga con un rigor disciplinado. Esto es particularmente cierto en el mundo de la política". Rubin considera a Greenspan un alma gemela en cuanto a la toma de decisiones probabilística, aunque dice que no han hablado de la similitud de sus planteamientos.
Rubin llegó a este idea de manera natural, porque es parte integral de la manera en la que evaluaba operaciones en Goldman Sachs & Co. En Wall Street, todas las inversiones son evaluadas en términos de riesgo y recompensa. El corolario de este proceso, dice, es que "se juzgan las decisiones en función de la sensatez en que se basaron, teniendo en cuenta todo lo que se sabía en aquel momento, no en función de los resultados". Un operador de Goldman o Citigroup Inc., donde Rubin es ahora un alto ejecutivo, puede perder mucho dinero en una negociación. Pero si su toma de decisiones parece sensata, su firma le permitirá continuar negociando, segura de que con el tiempo ganará dinero.
Pero ejercer esta paciencia, vital para triunfar en Wall Street, es "muchísimo más difícil" en Washington, dice. "El sistema —la prensa, el Congreso— no se presta a juzgar las decisiones tomadas en función de la calidad del proceso de toma de decisiones". Si México hubiera incumplido sus pagos y el Tesoro hubiera perdido miles de millones de dólares, dice, "de ninguna manera podría uno decir: 'Salió mal pero tomamos la decisión correcta'. Habría que hacer frente a un sinfín de audiencias. Al presidente Clinton lo habrían vilipendiado". Y, debido a las secuelas políticas, no es probable que el gobierno pudiera haber seguido adelante con la ayuda a Tailandia, Corea del Sur, Rusia y Brasil, aun cuando esas decisiones fueran correctas.
El planteamiento de gestión de riesgo de Greenspan, al igual que el de Rubin, está arraigado en su larga relación con los mercados financieros. Los primeros triunfos de Greenspan, en el crack bursátil de 1987, por ejemplo, lo mantuvieron en su puesto el suficiente tiempo como para aplicar su enfoque repetidamente. La decisión más polémica de su mandato fue dejar que se inflara la burbuja bursátil de los 90, en lugar de intentar pincharla con un alza en las tasas de interés. En aquel momento no sabía si al dejar que la burbuja reventara por sí misma causaría una recesión, pero estaba bastante seguro de que ésa hubiera sido la consecuencia si la hubiera pinchado deliberadamente.
Aplicando su propia lógica, esa cuidadosa asignación de probabilidades debería justificar la decisión independientemente de cuál sea el desempeño de la economía. Y ese es probablemente el consejo que Greenspan daría al futuro presidente de la Fed que tenga que enfrentarse a la próxima crisis, ya sea en el mercado bursátil, la vivienda o el dólar.
Pero en San Diego, Greenspan infringió el credo Rubin/Greenspan al cambiar su énfasis de la calidad de la toma de decisiones a los resultados. Con la recuperación de la economía, dijo, "parece haber bastantes pruebas, al menos provisionalmente, para concluir que nuestra estrategia... ha tenido éxito". Pero reivindicar la victoria es un juego peligroso. Si el repunte se apaga, los críticos usarán esas declaraciones en su contra. Incluso si la economía permanece fuerte, los críticos pueden alegar que pinchar la burbuja antes le habría ahorrado tres difíciles años a la economía estadounidense.
El gobierno del presidente George W. Bush usó la retórica del manejo de riesgo para promocionar los recortes impositivos, sosteniendo que la reducción de impuestos limitaría el riesgo de un enfriamiento económico prolongado. Aun así, ni la política de Greenspan ni la de Rubin apoyan este punto de vista, aunque por razones distintas.
El planteamiento de gestión de riesgo de Greenspan funciona cuando los legisladores pueden ajustar constantemente sus acciones para valorar cambios en los riesgos. Eso es fácil en la Fed, donde un comité de 19 miembros puede votar en 20 minutos para cambiar las tasas de interés. Es casi imposible con el engorroso proceso de la política fiscal. Es más, aunque Greenspan se resiste a cualquier cercenamiento de la flexibilidad de la Fed, defiende firmemente la aplicación de normas que constriñan la capacidad del Congreso para aumentar el gasto o reducir los impuestos.
Aunque el gobierno cita la actual recuperación económica como prueba de que sus recortes impositivos eran la política adecuada, Rubin no lo cree así. "Podrían haber hecho exactamente lo mismo con recortes tributarios temporales", dice. Si los recortes impositivos hubieran estado destinados a las familias de ingresos bajos o medios, dice, habrían sido tan estimulantes como el plan de Bush, sin los daños a largo plazo al presupuesto federal.
Para Rubin, los grandes déficit venideros harán la toma de decisiones más difícil en el futuro. Al igual que las apuestas de Wall Street, las "proyecciones presupuestarias son inherentemente inciertas", resaltó con dos coautores en un informe reciente. Es importante disminuir los déficit ahora, asegura, ya que "restringen la flexibilidad de los legisladores para responder ante acontecimientos imprevistos". |