Por GUILLERMO KOHAN - Hay desconcierto y creciente temor en el mundo económico. Se observa a un Gobierno sin un plan creíble contra la inflación, y que sólo presenta respuestas cada vez más anacrónicas de mayor intervencionismo. Quienes están cerca de Cristina y Néstor Kirchner, para peor, confiesan en privado que nadie en realidad sabe qué va a ocurrir, ni cómo enfrentará el matrimonio presidencial los próximos meses.
Pero gana espacio la percepción de que difícilmente el Gobierno opte por el camino tradicional de enfriar la economía para que ceda la escalada de precios; más bien se observa con preocupación que cualquier cambio que sobrevenga estará caracterizado por mayor estatismo y más intervención en los mercados. Ayer, por ejemplo, los principales banqueros de la Argentina estuvieron reunidos con el poder. Jorge Brito junto con sus colegas de las entidades de capital nacional nucleadas en Adeba se conectaron con Casa de Gobierno. Y la reunión estuvo presidida por dos hombres clave en el entorno Kirchner: Carlos Zanini y Julio de Vido. No estaba Alberto Fernández, aunque la excusa por su ausencia fue que el encuentro era para hablar del Pacto Social, una agenda que llevan el ministro de Planificación y el secretario legal y técnico. Zanini, se sabe, es uno de los candidatos a ocupar el sillón de jefe de ministros.
Comoquiera que sea, lo que está claro es que por lo pronto fracasó el último esfuerzo del Palacio de Hacienda por presentar un escenario más controlado. Pese a que se anunció una importante baja en el ritmo de crecimiento del gasto en marzo, no se logró frenar la minicorrida financiera que se agudizó desde el viernes contra los activos argentinos. No ayuda mucho que el ministro de Economía, Martín Lousteau, ahora se presente como una víctima que no la dejan luchar contra la inflación, estigmatizando a la polémica figura de Guillermo Moreno como el responsable de todos los males. El mismo funcionario, conviene recordarlo, a quien Lousteau defendía en el verano y decía sentirse cómodo con él. Se interpreta como el intento de una despedida lo más digna posible por parte del titular de Economía.
Interesa menos hoy al mundo económico el futuro de Lousteau. “Ya sabemos que no hay ministro de Economía”, decían ayer en un banco extranjero. “El problema es que tampoco sabemos si todavía tenemos jefe de Gabinete”, agregaban.
Es que para el establishment, un escenario sin Alberto Fernández en el Gobierno presenta enormes interrogantes. No porque la figura del jefe de Gabinete despierte tantas adhesiones entre los hombres de negocios. De hecho la mayoría lo prefiere a Julio de Vido en la gestión, porque el ministro de Planificación resuelve más que lo que habla, y eso agrada a los hombres de empresa. Pero no es menos cierto que un eventual ocaso de Alberto hiela la sangre de los sectores económicos más influyentes, porque suponen que eso abrirá la puerta a un mayor intervencionismo: más controles de precios, amenazas teatrales con la Ley de Abastecimiento, persecución a quienes aumentan, más impuestos y, tal vez, otra devaluación.
Menos tranquilizan las versiones de la salida de Martín Redrado del Banco Central (eterno candidato a pasar a Economía), porque nadie duda que el sillón del actual titular de la autoridad monetaria sería ocupado por alguien con ideas más heterodoxas, y se perdería a uno de los pocos hombres moderados y que sabe de manejo financiero en el manejo económico. Entre banqueros, además, todos conocen la vocación de Guillermo Moreno por dominar las decisiones monetarias y recuerdan las advertencias que a principio de año el secretario de Comercio distribuyó a los bancos si no bajaban las tasas de interés para los créditos. El plan Moreno para el Banco Central, según trascendió, pasaría por direccionar el crédito barato y financiarlo con un fuerte aumento de los encajes (casi una nacionalización de los depósitos), combinado con la utilización de reservas para ayudar a financiar obra pública.
Mientras tanto, en plena época de cosecha de soja, cuando el Gobierno debería estar comprando entre 150 y 200 millones de dólares diarios, ocurre exactamente lo contrario. Se deben perder reservas para frenar la suba del dólar. No hay, y ya lo explicó este diario, una foto tan dramática del momento económico que se vive. Los precios externos siguen correctos para Argentina, todavía hay superávit fiscal y nadie prevé un default de la deuda este año. Pero todos venden y se cubren en los mercados. Las empresas frenan los planes de inversión y aumenta el desconcierto. No es la foto del momento actual lo que preocupa. Lo incierto es la continuidad de la película. |