Por JULIÁN GUARINO - No fue un día más. La incertidumbre hizo estragos en la city financiera. De principio a fin, una seguidilla de rumores alimentó el nerviosismo de los inversores que querían saber qué hacer con sus ahorros. ¿Comprar dólares? ¿Vender los bonos? ¿Y con las acciones? Para los analistas, brokers y banqueros tampoco hubo perdón: en una jornada sin horarios, tuvieron que vérselas con realidades distintas y una sola demanda: un poco de orientación para no naufragar en la vorágine de datos y contraseñas que inundó la jornada. Veinticuatro horas (o menos) para el olvido Probablemente Blas Pascal, padre de la matemática, nunca vio en su vida un “dólar azul”. El gran filósofo y pensador francés solía decir que siempre hay suficiente luz para quienes ansían ver, pero que para aquellos que desean lo contrario también hay bastante oscuridad.
La legión de inversores y ahorristas que el viernes último vendió sus acciones y bonos y se desvivió por conseguir un dólar paralelo (azul) podría incluirse en el segundo grupo, el de los que ven el futuro en escala de grises.
La noticia del cambio de ministro de Economía, pero también el combo de rumores (una versión criolla de las leyes de Murphy) hizo que madrugaran banqueros, brokers, analistas, cambistas pero también el resto de los mortales que habían heredado preocupaciones financieras del día anterior.
Los llamados por teléfono comenzaron temprano. “Entre las 8 y las 8.30 había que estar”, dice un agente. Después, ya no hubo horario de salida. Un broker de una de las principales casas de Bolsa de la city pensaba tomarse el día y dejarlo en manos de sus colegas. “Venite que va a estar movido y necesitamos una mano”, dice que le dijeron sus compañeros cuando lo llamaron a primera hora a su casa. Después, ya en la oficina, había que hacer la tarea: averiguar quién era el nuevo ministro de Economía... ¿Tributarista? Hicieron síntesis: “más de lo mismo”. Los llamados comenzaban a multiplicarse. La gente quería saber de qué se trataba. Las cafeteras ardían y si no había papel de filtro se usaba papel higiénico para colarlo.
En el listín de espera, había de todo: jubilados que recibieron bonos, ahorristas que buscaban una renta sin riesgo, inversores despreocupados y de los otros. Todos preguntaban. “El único consuelo personal”, dice un agente “era que mientras hablábamos con un cliente por teléfono sólo podíamos atenderlo a él, aunque tuviéramos muchos otros esperando”, agrega. “Eso sí, tres minutos con cada uno”.
Después de escuchar las argumentaciones “obligatorias” sobre superávit fiscal y reservas de la Argentina por parte del asesor, había silencio del otro lado del teléfono y segundos después, la misma respuesta: “Véndame todo y páselo a billete”.
Tres tasas de café y algunos cigarrillos después, ya llegaban los informes de los bancos de afuera. Era media mañana y ya dolían los ojos por el humo (el de afuera y el de adentro). En realidad lo de madrugar, aclaran, había sido un acto de ilusión. “No dormí nada”, dice el titular de una casa de Bolsa: “no pude después de escuchar al ex presidente en su discurso en Ezeiza”. Por eso, un banquero insiste que la procesión fue por otro lado: “campo y Gobierno parecieron no entender que hay que frenar la pelota”. “No ayudó a disipar la incertidumbre”, concluye, “y esto en un momento donde ya existe una presión importante que puede agudizar la inestabilidad”. “Significa una confirmación de poder y despliegue para Moreno”, agrega.
Rebobinar: el jueves, el día del discurso de Néstor Kirchner, hubo rating televisivo no sólo en la pampa húmeda, sino también en las mesas de dinero de Wall Street, donde los brokers de los principales bancos de inversión tuvieron que salir a hacer sus re-evaluaciones sobre los números de la argentina y sus proyecciones.
Verdadera causa-efecto, después del mediodía del viernes, salió la agencia de calificación de Standard & Poors a bajarle el ‘outlook‘ a la deuda argentina y esto disparó la venta de títulos. “No hubo almuerzo, apenas un sánguche liviano”, dijo un agente, “es que había que seguirle el tren a los bonistas... “Ya no pude decirles que aguanten”, confesó otro broker a propósito de los clientes que tienen títulos públicos.
A media tarde, mientras el dólar mayorista retrocedía –Redrado a capa y espada– en las casas de cambio había larga cola para pedir dólares: uno ser humano por baldosa. En los bancos no todo fue oferta y demanda. “No hay dólares”, decía un cartel colgado en la city. El dólar seguía demandado y trepaba: $3,22 para la cotización oficial. ¿Dónde guardarlo? “Abajo del colchón y en la caja de seguridad” es la moda. En el interior del país hubo que pagar más. En San Juan, por ejemplo, se llegó a vender a $ 3,30.
Hacia el final de la jornada, no faltó quien dijo ver a Blas Pascal dando vueltas por la city. Quería ver un dólar azul, dicen que exclamaba, pero nadie, nadie parece que quiso venderle uno. Ingratos. |