Por GUILLERMO KOHAN - Deja algunas lecciones interesantes la crisis del Gobierno con el campo que en estas horas se encamina a una descompresión. Por lo pronto, la administración Kirchner volvió a demostrar que no conviene hoy en la Argentina tomar decisiones apresuradas respecto del futuro inmediato de la economía, sobre todo con el dólar.
Fueron estas semanas que pasaron la tercera vez que el presidente Kirchner tuvo que afrontar presiones cambiarias. El primer episodio ocurrió cuando el pago cash al FMI a fines de 2005 generó una fuerte caída de reservas, y el segundo llegó semanas antes de las elecciones presidenciales en 2007 cuando se sumaron las incertidumbres propias del proceso electoral con la crisis financiera en EE.UU. que obligó a los bancos internacionales a girar dólares a sus casas matrices. En ambos casos, el Gobierno aprovechó la presión al dólar para levantar ordenadamente la cotización de la divisa. Se lo llevó al tipo de cambio de 2,90 a 3,10 a fines de 2005, y en 2007 después de que ganara Cristina, se frenó la suba para colocarlo a $ 3,20 como máximo. Hoy todavía subsiste el suspenso, porque en estos días el Banco Central no solo actuó para estabilizar la divisa en los precios que tenía antes de la crisis con el campo, sino que cuando lo logró, jugó a fondo para que siga cayendo el tipo de cambio. Perdieron quienes en 2005 compraron a más de $3,10, lo mismo para los que pagaron hasta $ 3,24 en octubre de 2007, y ahora podrían ser mayores los quebrantos si la orden de Kirchner a Martín Redrado es, como algunos suponen, llevar el dólar hasta $ 3,10 o menos, para consumar una verdadera venganza (prefieren llamarlo lección en el entorno de Redrado) contra los que apostaron a una eventual devaluación y compraron dólares en los mercados de futuro.
Hay controversia entre los expertos por esta novedad del Banco Central apreciando el peso y subiendo las tasas de interés, la receta tradicional para enfrentar la suba de precios, pero que hasta la semana pasada era demonizada por el elenco de Gobierno. Veteranos del mercado financiero lo defienden a Redrado, porque consideran que un amague de corrida cambiaria como el que enfrentó el país estas semanas, solo se neutraliza haciéndole perder mucho dinero a los supuestos especuladores.
Pero la verdad es que algo de responsabilidad ha tenido el Gobierno en la zozobra a la que se lo sometió al país desde principios de marzo. Las empresas perdieron entre 20% y 40% de su valor en la Bolsa, y la falta de claridad cambiaria en el pico de la crisis también le hizo perder dinero a muchos ahorristas y el público en general, que tenía motivos para asustarse con el clima de tensión que sembró el Gobierno en su lucha contra el campo. Como si también se hubiera imaginado la posibilidad de culpar a los productores por la suba del dólar. Manejó bien la presión el Banco Central, dominó la corrida, pero Redrado habló un poco tarde a través de los medios para tranquilizar a la gente.
No solo perdieron las empresas y la gente inquieta que se apuró con el dólar. También el Gobierno resignó un importante caudal de popularidad, que difícilmente se pueda compensar con la satisfacción parcial de haber perjudicado a los que compraron divisas. Queda claro que el Estado tiene hoy control completó sobre la situación cambiaria, pero estos jugueteos con el dólar y las expectativas nunca salen gratis: se pagan con aumento de la tasa de interés, menos crédito y posiblemente menos inversión. |