Nadie lo reconoce: los mercados de futuros en granos difícilmente puedan recuperar su protagonismo como herramienta de competitividad agrícola mientras tengamos retenciones.
¿Por qué? Sencillamente, porque las retenciones –y ni hablar si son móviles– generan un cambio en la estructura de costos del productor. Los mercados de futuros solamente funcionan con reglas estables. Sintéticamente: el productor analiza sus costos, estima sus rendimientos, agrega el beneficio que le pide al negocio, y en base a todo esto define un precio-objetivo para su futura producción. Cuando el mercado futuro le ofrece ese precio, el productor vende, asegurando así su utilidad. A partir de allí, y por el mecanismo de compensación entre los futuros y el mercado físico, da lo mismo que el mercado suba o baje: él ya tiene fijado su precio de venta.
Es por esto que es un fenomenal error, por desconocimiento quiero pensar, asumir que ante una suba violenta de precios como la que hemos tenido, todos los productores se benefician con ella: la mayoría de los agricultores (los más eficientes, por cierto) ya habrán vendido durante la suba, a medida que el mercado les fue ofreciendo sus precios de presupuesto.
“Los agricultores nunca pensaron, cuando sembraron, que el mercado fuera a subir así”, se escucha también. Esto, aunque puede ser cierto, tiene la misma trampa conceptual: los productores han vendido a precios muy por debajo de los máximos. ¿O acaso alguien puede pensar que las manifestaciones que hemos visto son por avaricia?
Si a los productores se les cambian los impuestos (o las retenciones), se les cambia su estructura de costo y, por tanto, se impide un trabajo profesional de planificación en la administración del riesgo precio de la actividad agrícola. Esto no es un problema del diseño de la curva, como pretende el decreto 64. Queremos o no queremos la competitividad de nuestra agricultura. Esa es la cuestión. |