Por GUILLERMO KOHAN - Uno de los efectos más concretos que derrama el reciente anuncio de Cristina Kirchner para sacar al país del default tiene que ver con algo crucial y decisivo en la vida política y económica de la Argentina: el precio del dólar. Asegurar financiamiento para 2009 y buena parte de 2010 es casi la certeza de que el dólar será más electoral que nunca el año próximo, y que el Gobierno tiene altas probabilidades de cumplir la promesa que figura en el Presupuesto 2009, de un tipo de cambio promedio en $ 3,20 para todo el año. Profesionales de la política, expertos en ganar elecciones en los noventa, los Kirchner saben bien que en este país es difícil triunfar en los comicios cuando el dólar amenaza.
A esta altura del modelo, todos saben que el dólar alto en la Argentina desde mediados de 2002 tuvo más que ver con una necesidad fiscal del país que con una determinación ideológica o de política económica a favor de la industria y la producción. Como la Argentina eligió seguir en default hasta ahora, tuvo la obligación de vivir con lo propio todos estos años, y así estuvo obligada a marcar récords de superávit fiscal que nadie le exigía ni a Brasil, ni a Uruguay ni a Chile. Todos los países vecinos pudieron revaluar sus monedas, menos la Argentina. Había que tener un dólar lo más arriba de $ 3 posible, para que el Estado se llevara 90 centavos por retenciones. Con la inflación desatada a principio de año, la duplicación del gasto público, más las dificultades políticas del Gobierno para aumentar impuestos luego de la crisis con el campo, era lógico que los inversores y el mundo económico se preguntarán cómo haría la gestión Kirchner para seguir aumentando la recaudación. Sin crédito externo, la única salida coherente con la historia de los ajustes en la Argentina era devaluar, aun con las posibilidades que hoy tiene el país de administrar sin caos la depreciación de su moneda.
Pero ahora se abre la posibilidad de que reaparezca el crédito, desde luego una vez que el mundo financiero internacional se normalice. Está claro que hoy ni se prestan entre sí los grandes bancos del mundo, y nada de lo que hoy pueda anunciar la Argentina tendrá efecto inmediato hasta que se curen las heridas mundiales del megadefault hipotecario.
Incluso con esta obvia restricción, lo relevante del anuncio de Cristina ayer es que el país se coloca en lista de espera y asciende varias posiciones para volver a tomar crédito en el mundo, al menos por unos
u$s 3500 millones en 2009. Sumados a los u$s 3000 millones que se refinancian por deuda con los bancos por los préstamos garantizados en dólares emitidos en 2001, el país llega cómodo a pagar sus vencimientos, y el esfuerzo fiscal en 2009 será entonces menos dramático. Aun si los precios de la soja cayeran por debajo de u$s 350 el año próximo (hoy está en torno a u$s 430), no necesitaría Cristina subir el dólar para cubrir la menor recaudación.
Entretanto, conviene no perder de vista las novedades que viene anotando la gestión Kirchner en materia de política económica en los últimos 30 días. Se apreció el peso, subieron las tasas de interés, se enfrió la economía y la inflación viene más para 20% que para 30% este año, aumentaron las tarifas, frenó la bola de nieve de los subsidios y se anunció el pago a bonistas y Club de París. El país ya calificaría para una placa de honor firmada por Anne Krueger en el hall del edificio del FMI, si no fuera porque falta normalizar el Indec. Una tarea, de paso, que podría acelerarse en los próximos meses, porque habrá en el futuro menos impacto de la indexación en los pagos de la deuda.
“Estamos esperando que se arregle el mundo, pero es innegable que la Argentina está mejorando su agenda propia de problemas”, decía uno de los economistas independientes que más consulta el Palacio de Hacienda y la Jefatura de Gabinete.
Desde el punto de vista financiero, los tigres del mercado coinciden en que la Argentina es claramente una oportunidad, para el momento en que se normalicen los mercados mundiales.
Calculan que cuando tarde o temprano reaparezca la serenidad, no tiene sentido que los bonos de un país que asegura que no va a defaultear rindan 16%. Menos cuando se verifica que la inflación está cediendo y los números de agosto revelan todavía fortaleza en las cuentas fiscales y la balanza comercial. El mes pasado fue récord el superávit fiscal, unos $ 3700 millones, que resulta anualizado casi 4% del PIB. Y los datos que se conocerían hoy del comercio exterior lucen clarificadores: unos u$s 2450 millones de superávit comercial en agosto, pese al boom de importaciones y a la crisis con el campo. Un dato para no perder de vista fue que ayer el Banco Central volvió a comprar dólares de los exportadores.
Se discute mucho estos días, y es lógico merced a la retórica centroestudiantil del Gobierno al comunicar su gestión, a propósito de la convicción que han tenido Néstor y Cristina Kirchner para dar estos giros notables en materia de política económica. Parece claro que las decisiones son más por necesidad que por convicción, y vuelve a confirmarse una lógica que ya el mundo económico aprendió de la ingeniería Kirchner para administrar el poder. Néstor y Cristina, como ya lo demostraron en las derrotas políticas contra el campo, o el cachetazo del obispo Piña en Misiones, son capaces de dar un paso atrás y arrepentirse. Pero solo cuando ven el precipicio, no basta con que se los anticipen. Lo tienen que ver. Y efectivamente sintieron el frío de quedarse sin crédito cuando pasaron el papelón de colocarle deuda a Venezuela al 15%. La historia política en la Argentina, civiles o militares, liberales o conservadores, enseña que en general los dirigentes aceptan que tienen que hacer el ajuste, pero siempre por
necesidad. No se recuerdan ajustes por convicción, porque a nadie en la política le gusta dar malas noticias. Pero nadie se suicida y menos con casi u$s 50.000 millones de reservas. El giro al centro que blanqueó Cristina, y nada menos que en Nueva York, revela algo ciertamente tranquilizador. El matrimonio presidencial efectivamente vio el precipicio, entendió la agenda propia que había que comenzar a cumplir, y se alejó claramente del salto al vacío. |