La metamorfosis está completa. La recesión inmobiliaria que comenzó tres años atrás en EE.UU. hoy ya es una recesión de consumo hecha y derecha. El “compre hoy, pague mañana” quedó sepultado junto con los escombros de los grandes bancos de inversión y los bonos estrafalarios de los superjecutivos de Wall Street.
Por primera vez, las familias estadounidenses están cancelando deuda. Incluso, están ahorrando. Lo que era una tasa de ahorro inexistente a principios de año hoy llega al 1% y podría trepar tranquilamente a 3% antes del 2009. La gente no está de ánimo para consumir: aún está tratando de metabolizar la fenomenal pérdida de riqueza que trajo aparejada el derrumbe bursátil y el hundimiento de los precios de las viviendas. Para el 2010, ya arriesgan algunos, se habrán perdido otros 3 millones de puestos de trabajo, con lo que el desempleo llegaría a 8%. La contracción económica se hará sentir a lo largo de todo el 2009 para ensayar un repunte recién en 2010, cortesía de una masiva terapia de estímulo fiscal y monetario que vuelva a poner en marcha al gigante.
Y acá aparece Ben Bernanke, el presidente del banco central de EE.UU., un profesor que dejó atrás el apacible discurrir de Princeton para sentarse en el sillón del mítico Alan Greenspan. Mañana, Bernanke debe decidir nuevamente sobre las tasas, en un momento en el que la política monetaria tradicional tiene tan poca eficacia que ha perdido gran parte de su rating. De confirmarse lo que todos descuentan, Bernanke procederá a su décimo recorte desde septiembre del 2007 para llevar la denominada tasa de referencia de los fondos federales a 0,5% y darle así otra inyección de adrenalina a la economía. El dinero, en una palabra, será casi gratis.
Algunos analistas creen, de hecho, que se justificaría dejarlo directamente en 0%, dado que la tasa efectiva de los fondos federales (esto es, el interés al que realmente se prestan los bancos entre sí) seguramente no superará el 0,20% de aquí a la próxima reunión en enero, lo que desafía la reputación y credibilidad del ente monetario. Pero también creen que la mayoría de los miembros del comité –después de todo se trata de una decisión colegiada– no tendrá el estómago para hacerlo.
Llevar la tasa tan cerca de cero tiene sus bemoles. No sólo complica el funcionamiento de los mercados de dinero, sino que deja a Bernanke sin mucho con qué entretenerse, al menos en lo que a política ortodoxa se refiere.
Por eso es que los expertos creen que el comunicado de la Fed tendrá básicamente dos patas. Se dará a entender que el dinero seguirá barato por un buen tiempo, pero también se recalcará que la Fed está lejos de haberse quedado sin municiones.
De hecho, hace tiempo que la Fed se adentró en terreno heterodoxo, prestando por ejemplo en forma directa a las familias vía la compra de instrumentos emitidos por las grandes hipotecarias. Y dejó además de esterilizar el efecto de sus múltiples programas de asistencia. Puso en práctica así lo que se denomina “quantitative easing”, que no es otra cosa que una expansión de la masa monetaria a través de la impresión de dinero, como la que implementó Japón en 2001-2006 (así fue como el presidente de la Fed se ganó el apodo de Bernanke-san).
En este proceso el balance del banco central ha engordado desde u$s 900.000 millones a mediados de septiembre a u$s 2 billones en la actualidad y se estima que pronto llegará a u$s 3 billones (una posible bomba de tiempo). Como contracara, los bancos fueron indundados de liquidez en exceso, con la esperanza de que decidan utilizarla para prestarle nuevamente a la gente. Después de todo, de eso se trata. De la gente. Laura García. Editora de Finanzas y Mercados |