El surrealismo bien podría ser parte del inventario argentino. Si bien no hemos logrado equiparar la artística exuberancia de Salvador Dalí, ni la tónica de un André Breton, bien podríamos competir en la increíble sucesión de eventos que alimentan la cotidianeidad y que merecen la etiqueta. En el pequeño mundo que es el microcentro, las 3 de la tarde es una hora difícil. Ni hablar si es viernes. Usted, argentino promedio, potencial turista rumbo a Brasil gracias a la devaluación reciente, se planta de cuerpo presente –y sudor animal- en la esquina de 25 de mayo y Sarmiento, plena city porteña. Al viejo estilo de un John Wayne, remonta cual cow-boys y arremete río arriba por Sarmiento en busca del mejor precio para comprar sus reales brasileños entre la infinitud misma de casas de cambio. Luego de una inspección exhaustiva, se decide por la de Banco Piano, tentado porque la paridad es de $ 1,72 por real mientras que en algunas otras casas de cambio recién arranca en $1,76 y en algunos casos llega a $1,82. Al llegar a la mencionada entidad, confirma el dato: sí, le dice una señorita muy amable que se ubicaba detrás de un mostrador: “eso significa que por cada 100 reales que usted se lleve, me tiene que dejar 172 pesos”. “Fantástico”, pensó, “por fin alguien que habla claro sobre las finanzas personales”. Si bien hubiera sido más fácil avanzar por el campo de juego de la cancha de River en pleno recital de Madonna, hay que decir que el desorden que había en el salón principal (y único) del lugar, fue compensado con una extraña dosis de civilidad por parte de los 100 expectantes y potenciales buscadores de monedas. En rigor, ubicarse en la cola también era un acto de fe. La espera se hacía eterna, la cola avanzaba a cuentagotas, y luego de un plantón de más de 1 hora, lo atienden. Usted, que venía pensando en Breton y Dalí y en toda la maravilla que implicó para literatura y pintura sus aportes, se encontró de frente –y detrás de varios vidrios blindados- con la cara del cajero, pobre muchacho, sometido a la voluntad de un supuesto tesorero que comandaba los hilos del lugar. “No quedan más reales”, le dice el muchacho que comanda la caja. Pegadito a la declaración, le explica que en realidad no quedan más billetes de R$ 100, pero que sí tiene unos “sobres de cambio”. Cada “sobre” equivale a R$ 100. Usted hace cálculos. Tiene que pagar el alquiler de una casa en Brasil y otros gastos. Necesita varios sobresitos. En fin, hace cálculos, lo único –piensa- es que para sumar el monto que necesita va a tener que llevar cambio a montones. Paradójicamente, usted, que es un mendigo cuando se trata de monedas locales, ahora es rico en cambio brasileño. El cajero toma nota de la gota de sudor que se desliza por su nariz, pero más lo alerta ese color amoratado que comienza por sus orejas y sigue. Por eso detiene sus pensamientos, casi como quien se entrega al castigo, para informarle que el sobre no vale lo mismo que el precio en pizarra. Que si bien la cotización de pizarra es de $1,72 por real, el del sobresito es de casi $1,84. Usted piensa. En realidad primero se enoja, dice algo relacionado con la palabra “estafa” y después algo sobre “no avisar antes”. Por último se va. Ojalá hubiera alguien de defensa del consumidor… |